Hay algunas veces que tengo la sensación de vivir en un laberinto. Y el problema no es que yo u otros vivamos en un laberinto, sino que arrastremos a nuestros hijos a ese mismo laberinto. Es como una escalera a ninguna parte. Les acercamos al primer peldaño para que nos acompañen intentando que vivan nuestra vida porque somos incapaces de vivirla por nosotros mismos. Porque tenemos terror.
¿Tiene un hijo que vivir la vida de su padre? ¿Tiene que renunciar a su propia vida en pro de la de su progenitor? ¿Tiene que ignorar que sus ideales, sus intereses y sus necesidades son diferentes a las de su padre? ¿Tiene que llegar a anularse de tal forma que no vea más allá que por los ojos de su padre?
Esta es la insensatez que más frustración me crea porque no sé hasta que punto puedo o no puedo hacer algo.
De momento, estar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario